Terremoto de Lorca. Algunas reflexiones.

      Todos recordamos el terremoto del 11 de Mayo, en la localidad murciana de Lorca, y los daños personales y materiales que causó. Mucha gente se pregunta cómo es posible que un terremoto de esa magnitud, unos 5,2 grados en la escala Richter, haya producido esos enormes daños en un país que se supone avanzado en materia de construcción, como es el nuestro.

    Tuve la ocasión de participar como técnico voluntario durante los días posteriores al terremoto, y tanto de mi experiencia particular como de las conversaciones con inquilinos y compañeros, he podido sacar alguna conclusión. Vaya por delante que mi formación en cálculo y construcción de estructuras es la genérica de mi profesión, que no estoy especializado en ese tema en concreto, y que tampoco soy geólogo ni sismólogo. Lo que voy a contar es sólo mi opinión personal, que bien puede estar equivocada, pero que se basa en lo que realmente ví.

   Y esas conclusiones son las siguientes:

   1.- La sacudida (la aceleración sísmica) fue mayor de la que corresponde al grado del terremoto. Esto es algo que todos los testigos comentaban, y que todos los técnicos sospechábamos. Estudios posteriores lo confirmaron, y los expertos explicaron que se debía a la poca profundidad del centro del temblor. Se puede comparar con la potencia de una bombilla: te puedes quemar igual con una bombilla de 150 W que con una de 40 W, sólo hay que acercar más la mano.  La normativa no contemplaba, para esta zona, una aceleración sísmica tan grande como la que se produjo.

    2.- En algunos casos existían defectos de diseño de la estructura, como en los famosos “enanos” o pilares cortos, que no tienen capacidad de deformarse debido a su corta longitud, y quiebran más fácilmente.

 

   3.- En otros casos (pocos) el defecto era de cálculo, por incluir más armadura de la que el hormigón podía soportar, o menos hormigón del que las barras necesitaban. Una barra de acero es capaz de transmitir mucha fuerza, y debe tener alrededor el hormigón suficiente para soportarla. Si no es así, el hormigón rompe y “salta” de alrededor de la barra. Es el equilibrio entre la cantidad de hormigón y acero del que hablaba una experta que apareció en todos los noticiarios.

    4.- El fallo constructivo más común fue la falta de cercos o estribos en la cabeza de los pilares: su inexistencia o separación excesiva. Es, con mucha diferencia, la causa de rotura más numerosa que he podido observar. Estos cercos son los encargados de absorber la fuerza horizontal que deben soportar los pilares, y que es máxima en la coronación de los pilares de planta baja. Además, se encargan de arriostrar el resto de barras para que no pandeen, y de confinar el hormigón.

  5.- Muchos de los tabiques y cerramientos se rompieron por no haber observado la regla de tabicar desde la planta más alta hacia abajo, o dejando la última fila de ladrillos sin poner hasta que estén todas las plantas; y utilizar yeso o algún máterial más elástico que el mortero de cemento para la separación entre el ladrillo y el forjado. Se trata de evitar que los tabiques y cerramientos acaben soportando cargas por la deformación de los forjados. También se han ido al suelo paños de ladrillo por no estar bien anclados a la estructura. No es un tema menor, porque la caída de paños de ladrillo es muy peligrosa y las pérdidas económicas son muy cuantiosas, aunque la estructura del edificio no esté dañada.

   Y ahora cabría preguntarse por las causas de estos fallos. 

   En el caso de la normativa, es posible que haya que cambiarla para incluir los supuestos de terremotos superficiales; lo que se traduciría, resumiendo, en  más acero para las estructuras de hormigón armado. Sin embargo, las estructuras que estaban bien ejecutadas han soportado bien el terremoto.

  En cuanto a los pilares cortos de hormigón, deberían desaparecer de cualquier proyecto. Son un error grave de diseño (como bien saben los japoneses desde hace muchas décadas) y su existencia debería estar prohibida por normativa y controlada por el Colegio de Arquitectos. Por mucho menos te niegan la obtención del visado en materia, por ejemplo, de seguridad contra incendios; pero el Colegio no te puede negar el visado por algo que no está prohibido, obviamente.

  Los errores de cálculo más comunes, en los pilares, suelen producirse por no aumentar su tamaño, lo que te lleva a concentrar mucha armadura en poca sección y a utilizar diámetros excesivos de las barras. Los programas de cálculo te calculan lo que sea, pero el sentido común lo debe poner el calculista. Es mucho más lógico aumentar el tamaño del pilar y disponer barras de diámetros más moderados, pero perdemos espacio útil.

Lo más importante, el error más repetido: la falta de estribos precisamente donde más falta hacían y donde menos separados deberían estar. ¿Es un error del proyecto? No es probable, porque estamos hablando del abc del calculista, de lo más básico; incluso si el calculista no tuviera ni idea, el programa sí que lo sabe. ¿Es un afán del constructor por ahorrar material? No parece lógico; comparado con el coste de una promoción, un poco más o menos de acero supone un ahorro insignificante.

Se trata, al igual que los defectos en tabiques y cerramientos, de una cuestión de tiempo:

El tiempo que necesita el ferralla para mirar el plano y no poner ni más ni menos que los estribos que ahí aparecen.

El tiempo que necesitan los operarios para hormigonar y vibrar el hormigón con todos esos cercos que les estorban, y que se pueden ahorrar si los sueltan, les pegan una patada y los amontonan un metro y medio más abajo.

El tiempo que necesita el aparejador para controlarlo, y que no podría dedicar a resolver papeleo en el despacho o en el ayuntamiento.

El tiempo que necesita el arquitecto para, siquiera, pasarse por la obra antes de hormigonar.

El tiempo que se pierde tabicando y cerrando como mandan las normas de la buena construcción.

El tiempo que antes, con el frenesí de la burbuja inmobialiaria, nos faltaba para todo; y que ahora nos sobra para mirar atrás y darnos cuenta de la falta de control en la ejecución de las obras. ¿De qué sirve tanto documento, si no existe un control de la ejecución real? ¿Para qué tanto cálculo, si va a ser un ferralla mal profesional (que buenos también los hay) el que decida cómo y dónde se ponen las armaduras, y el resto de operarios los que determinen si las dejan ahí o las quitan? En la práctica, la ejecución la controlaba casi en exclusiva el jefe de obra, no el aparejador ni el arquitecto, y de su profesionalidad dependía que la obra se construyera bien o mal.

Antes he señalado que las estructuras bien ejecutadas han soportado un terremoto de aceleración bastante superior a la que dicta la normativa. En última instancia, somos los arquitectos y arquitectos técnicos los que firmamos la dirección de obra, y es nuestra responsabilidad el control de la misma. Si algo ha puesto en evidencia el terremoto de Lorca, es la importancia de esta tarea y la desidia con que se ha venido llevando a cabo.

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